lunes, 8 de diciembre de 2008

Una vueltecita por Cajón y sector El Natre

Hoy sábado salimos mi "yunta" Jaime y yo, rumbo a Cajón. La tarde del domingo yo había estado observando con Google Earth un interesante sector ubicado entre la localidad de Cajón, al Norte de la ciudad de Temuco, y Carillanca, a unos diez kilómetros al Oriente de Cajón, camino a Vilcún. Le había enviado un mail proponiéndole una salida al lugar, para fotografiar unos puentes ferroviarios que se observan en la fotografía satelital. Una llamada telefónica confirmó la salida, quedando de encontrarnos en el "trébol" de la Avenida de Los Poetas. A las 10:10 AM estábamos en el lugar, prosiguiendo por esta arteria hacia la Avenida Barros Arana, la que nos llevaría hacia la localidad de Cajón, por el antiguo camino hacia el Norte. Luego de pedalear por poco más de una decena de kilómetros, llegamos al puente sobre el estero Pumalal en donde tomamos fotografías del lugar, en especial del antiguo puente ferroviario del tramo concluído en el mes de diciembre del año 1892.

Puente sobre el estero Pumalal

Busqué la placa identificatoria del constructor, encontrando que aquella fue extraída -robada- de la viga, lugar en donde se encontraba originalmente.

Allí estuvo alguna vez la placa identificatoria del fabricante del puente
Estero Pumalal, al Poniente de los puentes

Prosiguiendo, entramos a la pequeña localidad de Cajón yendo hacia el sitio en donde se encontraba la estación ferroviaria. Buscamos el lugar en donde debería haber estado una pequeña y antigua tornamesa para invertir el sentido de avance de las locomotoras, pero un vecino del lugar nos informó que aquella obra ya no existía. Tomé una foto a lo que queda de la estación, observándose que la bodega de carga está convertida en una casa habitación de dos pisos, con un pequeño almacén de comestibles.

Recinto estación de Cajón

Regresamos hacia el Norte de la localidad, encontrando los restos de la línea férrea del ramal que conducía a la localidad precordillerana de Cherquenco, por el cual, décadas atrás, se transportaba la madera de los ricos bosques ubicados allá. La faja de ferrocarriles sale del pueblo, ya sin durmientes ni rieles, rumbo al río Cautín. Allí se encuentra aún la estructura del viaducto que cruza el río. Fotografiamos desde distintos lugares este gran puente, cruzándolo de un extremo al otro. Su extremo Sur está interrumpido por la ruta asfaltada que conduce hacia las localidades de Vilcún, San Patricio y Cherquenco.

Puente ferroviario sobre el río Cautín, en Cajón

Nuestro deseo era proseguir con nuestras bicicletas por la faja ferroviaria rumbo a otro puente ferroviario a unos cinco kilómetros al Oriente, pero fue imposible, debido a lo tupido de la maleza que la cubre.
Jaime fotografía una culebra muerta, sobre la faja ferroviaria que no pudimos recorrer

La culebra muerta

Tuvimos que continuar por la ruta asfaltada, hasta que encontramos un camino lateral que nos acercaría a la antigua ruta ferroviaria.

Un lindo camino ripiado y sin tránsito alguno nos condujo al sitio de la antigua obra de arte ferroviaria. El puente hoy consiste en los estribos de concreto, ya sin las vigas de acero ni nada más, sólo quedando las huellas de los lugares en los que estuvieron depositados los durmientes que soportaron los rieles. Allí procedimos a consumir parte de nuestro refrigerio. Recorrimos el solitario lugar y proseguimos por una ruta interior que nos comunicó con el lugar El Natre. En un encuentro de caminos Jaime divisó un papel pegado en un árbol, el que resultó ser la publicidad para un torneo de Rayuela, con los premios respectivos. Interesante es enterarse de cuáles son las entretenciones de los campesinos residentes. Desde aquel lugar accedimos nuevamente a la ruta asfaltada, pasando por la pequeña escuela rural llamada naturalmente "El Natre".

El lugar en el que se halla el resto de la estructura de un puente ferroviario

Camino interior, sector El Natre

Rumbo al Water Slide Park

Continuamos unos kilómetros más, pasando por la Estación Experimental INIA Carillanca, y llegando al frente del "Water Slide Park", lugar de recreación carecterizado por la figuras de dinosaurios. Allí descansamos y nos hidratamos; consumimos otros alimentos energéticos y emprendimos el regreso por la misma ruta por la que habíamos llegado hasta allí.

Acceso al Water Slide Park

Llegando a una intersección de caminos, decidimos continuar por otro, con la indicación de un lugareño que circulaba por el lugar. El camino era el resto de la faja ferroviaria que nacía en la localidad de Cajón, y nos llevó al sector Santa Rosa, en el que encontramos la ruta asfaltada que conduce a Padre Las Casas. Continuamos este camino, que bordeando el by pass y el río Cautín nos llevó al encuentro con la gran estructura ferroviaria sobre aquel río que separa a las comunas de Temuco y Padre Las Casas.

Camino a Padre Las Casas, sector Santa Rosa

Río Cautín, rumbo a Padre Las Casas

En Padre Las Casas, puente ferrovario sobre el río Cautín, al sur de Temuco

Poco más de cincuenta kilómetros, en cinco horas de viaje, fue el raid efectuado este día. Los lugares que más entretenido encontramos fueron el camino por el sector El Natre y el sitio en el que se hallaban los restos del puente ferroviario. Ésta fue otra gran oportunidad aprovechada para conocer lugares cercanos a la ciudad de Temuco.

videoAlineación al centro

lunes, 1 de diciembre de 2008

Visitando la cantera de Metrenco

Cuatro fines de semana sin salir ya era demasiado. Me decidí a realizar un visita a la antigua cantera ubicada en las cercanías de Metrenco, con o sin compañía. Mi decisión estaba basada fundamentalmente en el aliciente o motivación que me viene provocando la bitácora de Gustave Verniory, conocida en un libro titulado "Diez años en Araucanía 1889-1899". Lo he leído y releído en varias oportunidades, llevando mi mente hacia más de 100 años atrás, cuando mi bisabuelo José Acuña Urrutia trabajaba de albañil, teniendo yo casi la certeza absoluta de que él trabajó en la construcción de edificios y otras obras ferroviarias, durante la permanencia del ingeniero Verniory en Araucanía.

El sector de la cantera era conocido desde fines del siglo diecinueve como Quinquer. Por allí se había planificado el trazado ferroviario, a través de la selva, pero en la ruta se encontraba un inmenso promontorio rocoso que bloquearía el paso de la línea férrea hacia el Sur, por lo que se decidió hacer una excavación y perforar la roca para hacer un túnel ferroviario. El resto de la historia la comento en mi otro blog.

La lectura de la bitácora de Verniory, en lo relacionado con la excavación en Quinquer, me hizo preparar el viernes 28 de noviembre por la noche mi "cocaví" (derivada de una palabra del idioma quechua, que significa "alimento para viaje") y los demás aperos relacionados con un tour fotográfico al lugar. El sábado por la mañana, después de revisar mi bicicleta, lubricar la cadena y otras partes móviles, inflar las ruedas con la debida presión, salí sin compañía alguna desde mi hogar rumbo al sur hacia la ruta que ya he recorrido en otras dos oportunidades. El viernes había estado lloviendo, y el pronóstico del tiempo señalaba que el sábado 29 de noviembre sólo tendría chubascos por la mañana. Si llovía un poco no me importaba, porque igual saldría a pedalear, pero para mi deleite amaneció completamente despejado, y el resto de la jornada estuvo caluroso y con mucha radiación ultravioleta. El camino interior de la Comunidad Mapuche de Licanco está ya completamente asfaltado, y estaban rociando alquitrán sobre la mitad de la carpeta de rodado; ¡Qué diferencia a como la encontré hace un par de meses atrás, cuando el ripio suelto consumió casi todas mis energías¡ Este camino empalma con la "calle de servicio" o llamada también "vía local", que conduce a las localidades de Metrenco y Quepe. Una vez que entré a esta vía me desplacé como un kilómetro hasta la pasarela que queda frente al sector de la cantera, cuya excavación no es posible ver desde la ruta. Crucé a través de ella hacia el lado oriente de la Ruta Cinco y comencé a buscar un camino o senda que me condujera hacia la excavación. En eso andube como dos kilómetros hacia el Norte, hasta un punto en que la carretera y la vía férrea se acercan y existe un sendero que permite el acceso a la línea del ferrocarril. Comencé a recorrer, soibre ella, ahora hacia el Sur, y a través de los durmientes, el camino que me llevaría hacia la cantera misma. Ya había visto imágenes satelitales que me dieron una visual de cómo era aquel sector, así es que me dediqué a pedalear lo que más pude, pero era incómodo ir rebotando en cada durmiente, así es que me bajé de mi "corcel" y recorrí unos centenares de metros caminando. En eso estaba, cuando aparece ante mi vista un pequeño viaducto que cruza por sobre una senda que comunica dos sectores de tierras indígenas. Son las 12:30 horas. Encuentro interesante fotografiar esta obra ferroviaria y busco bajar desde la altura del terraplén hacia aquel sendero. Hallo el lugar y comienzo una empinada bajada, muy húmeda aún después de las lluvias, que me llevará al encuentro con la base del viaducto.


Observo que es una obra bastante antigua, pero de muy buena factura. La fotografío desde un lugar y luego desde otro ángulo. Para mitigar el calor abro mi mochila, extraigo una botella de 2 litros con una preparación de agua con "Zuko Go!", y me tomo unos tragos de aquel líquido. Estoy guardando mi vaso y la botella cuando en eso aparece una mujer mapuche que me pregunta muy seria: "Anda en algo bueno o en algo malo". Me acerco suavemente hacia ella, me saco mi casco de ciclista y la saludo diciéndole que ando en busca de lugares e historias relacionadas con mis antepasados. A la voz de antepasados comenzó entre ambos una conversación tremendamente interesante y muy amena. La señora resultó llamarse Leudora del Carmen Painén, quien me relata historias de su infancia en aquel lugar (Licanco Chico), y, para mi agrado, recuerda historias de cuando en el invierno pasaba el tren con locomotoras a vapor, ella con sus hermanitos hacían señas y pedían a los tripulantes de la máquina que les dejaban caer carbón mineral para que se calefaccionaran. La señora Leudora me cuenta que el tren de carga paraba y el "conductor" (como ella dice) tiraba aquel combustible fósil con una pala larga. También les pedían dulces, y en una oportunidad los ferroviarios de la locomotora les lanzaron un regalo: una inmensa bolsa de caramelos "Ambrosoli". Cuando ella menciona aquello, meto mi mano derecha al bolsillo de mi pantalón y saco dos caramelos de aquella marca, que portaba para dar carbohidratos a mis músculos, extiendo mi mano regalándoselos y me los recibe. Eso "derritió" el resto del hielo que quedaba. Estuve conversando con aquella esforzada mujer cerca de una hora. Me invitó a conocer el lugar en el que vive, que resultó ser muy acogedor y limpio. Tenía un pequeño jardín, bien cuidado, con árboles frutales y ornamentales. La razón de que ella apareciera a interrogarme era por las continuas promesas incumplidas, hechas por personeros, aparentemente del Ministerio de Obras Públicas o de Vialidad, relacionadas con un camino que les pudiera conectar con la ruta hacia Temuco, lo que no ocurre porque en la planificación de la nueva Ruta Cinco Sur no se contempló para la comunidad indígena del sector una salida apropiada, quedando "encerrados" en aquel sitio. Doña Leudora me dejó invitado para ir en el verano a cosechar manzanas "cabeza de niño" y de otras clases que tiene en su terreno. Al despedirme, para continuar hacia mi destino, le pedí permiso para poderme fotografiar junto a ella. Accedió amablemente, pero antes, y como corresponde a todo el género femenino, sin importar raza o cultura, se arregló su cabello para salir bien presentada.

El autor de este blog y doña Leudora Painén

Fue una experiencia muy enriquecedora, y me gustaría regresar allí para regalarle una copia de la fotografía que capté, llevarle una bolsa de caramelos "Ambrosoli" y, como recuerdo de nuestro coloquio ferroviario, unas piedras de carbón, que ella hechaba tanto de menos. Emprendí nuevamente la marcha por la línea del ferrocarril, persiguiéndome una jauría de perros por un buen trecho, llegando a la altura de la cantera a las 13:45 horas. Lo que más me impactó presenciar fueron las ruinosas estructuras de lo que fue la planta chancadora para producir balasto, o sea, la piedra sobre la que se depositan los durmientes de la línea férrea. No esperaba encontrar aquello, y fue una delicia para este arqueólogo frustrado.

Casa de máquinas y planta de chancado

Estuve en aquel lugar cerca de cuatro horas, recorriendo todo el sitio para fotografiar las antiguas estructuras. Mi interés de estar allí era fotografiarme en el túnel que allí existe, al estilo de la fotografía que aparece en el mencionado libro de Gustave Verniory. Estuve esperando a que terminaran las faenas en la cantera, ya que estaba trabajando una retroexcavadora y habían unos operarios que manipulaban un barreno neumático. Mientras esperaba aquella ocasión, me dediqué a comer parte de mi "cocaví": un par de plátanos, huevos duros, sandwichs y "Zuko Go!".

Al retirarse del lugar aquellas personas, monté en mi bicicleta y me adentré en la cantera en búsqueda del túnel descrito por Verniory, pero no lo encontré por ningún lado. ¡Qué decepción! Di vueltas por todos lados, salí de la cantera, dí una vuelta por el lado norte en búsqueda de lagún vestigio, pero nada... Lo encontré insólito. Decepcionado, después una larga búsqueda, tomé rumbo por el camino que me llevaría hacia la carretera. Estaba en eso cuando veo una camioneta de color burdeos, que antes había observado en el interior de la cantera. El vehículo estaba estacionado y había un hombre que estaba poniendo un candado a la barrera que impide el paso a la cantera desde el Sur. Me acerco y le explico lo que andaba buscando. Me responde que la entrada al túnel quedó cerrado el día viernes por un derrumbe, y que ese acceso estaba ubicado al lado de un refugio en el acceso a la cantera... Le agradezco la información y regreso al lugar. Claro, ahí estaba notoriamente el derrumbre fresco. Me encaramo por las rocas, pero no se observa ningún vestigio de la entrada al antiguo túnel de Verniory... Me retiro hacia el Sur nuevamente, subiendo por el camino que pasa por el frente de las ruinas de la gran planta chancadora. En la altura veo una casa de dos pisos hecha de bloques de piedra. Hay un niño en el cerco de madera y le pregunto si sabe de un túnel que hay en el lugar. Me dice que no sabe. Observo que hay un par de hombres jóvenes que están preparando el fuego, al parecer, para un asado. Me acerco hacia ellos y me observan con desconfianza. Les informo en lo que ando y les consulto sobre el asunto. Me responden con poco vocabulario. Uno de ellos se aparta, y el que queda me dice que la salida del túnel está en frentre de la planta chancadora. Agradezco el dato, me monto en la bicicleta y regreso nuevamente al lugar. Observo detenidamente la ladera del cerro hasta que logro distinguir entre la maleza, lianas y otra vegetación la estructura curva del acceso de un túnel; pero está bloqueado por un derrumbre de tierra, o quizás haya sido taponeado adrede.

Saco fotografías; despejo de vegetación lo que más puedo y saco más fotografías. Ahora estoy más reconfortado: he descubierto una parte de aquel antiguo túnel. No he logrado el objetivo de recorrer la excavación que recorre el interior del cerro, pero, al menos, sé que allí está la obra descrita por Gustave Verniory.

Mi viaje en bicicleta me llevó, finalmente, hasta el pequeño puente ferroviario que cruza las lentas aguas del estero que da nombre al lugar: "Metrenco" ('aguas lentas'). Llego al recinto de la ex estación, veo el edificio de la bodega en que trabajó mi abuelo a principios del siglo veinte y emprendo el regreso a casa.

Ocho horas después de haber salido de mi casa estoy llegando a mi hogar, siendo saludado por mi fiel perro "Ringo".
Licanco Grande a Metrenco, por la línea férrea.

Corolario: Tendré que regresar al lugar, ojalá acompañado, para visitar a doña Leudora Painén, y para ver si fue despejada la boca del túnel de la cantera, en donde quiero obtener una fotografía al estilo de la que aparece en el libro "Diez años en Araucanía 1889-1899".

viernes, 31 de octubre de 2008

Raid Temuco, Quepe, Mahuidanche, Maquewe-Pelales, Temuco

Este paseo estaba pendiente. En aquella oportunidad en que visité Gorbea, y al ver desde la ventana del bus, que me transportaba de regreso a Temuco, las viejas estaciones ferroviarias de Quepe y Metrenco, me puse la meta de visitarlas en un plazo breve. Metrenco fue el primer sitio visitado, el 20 de septiembre de 2008, y tenía planificado viajar en mi bicicleta hasta la localidad de Quepe el día sábado 18 de octubre, pero un triste imprevisto me llevó a movilizarme en aquella fecha a la ciudad de Bulnes, en la Región del Bío Bío.

Como la experiencia de viajar acompañado es mucho mejor, invité a mis amigos Jaime y Washington a realizar este viaje, explicándoles las motivaciones que me inspiraban. Hoy nos reunimos en el sector del acceso a la ex Base Aérea Maquehue. Llegué al lugar del encuentro a la 10:00 horas, Jaime llegó unos minutos más tarde y, finalmente, Washington. A las 10:15 horas comenzamos a rodar, haciendo ingreso desde la Ruta Cinco Sur hacia el camino que nos llevó por la Comunidad Indígena de Licanco. Para mi sorpresa, el camino está siendo nuevamente asfaltado, por lo que esta vez el recorrido fue muy rápido, a diferencia de mi experiencia por aquel lugar en mi ida a Metrenco el 20 de septiembre. Una vez que accedimos a la calle lateral que va paralela a la Ruta Cinco, ya a las 11:15 horas estábamos pasando frente a la Estación ferroviaria de Metrenco.

Llegando a Metrenco

Quince minutos después nos detuvimos para fotografiar un pequeño puente ferroviario que data de la época de la construcción del tramo Temuco a Pitrufquén, hacia el año 1896.


A las 11:50 horas estábamos llegando al río Quepe. Una vez cruzado por el puente carretero, bajamos a la playa del río, a fin de fotografiar el puente ferroviario que cruza esta corriente.


Accedimos a la orilla de la vía férrea, y al puente mismo, a través de un terreno que estaba cercado precariamente. Yo fui el primero en llegar al puente ferroviario, para ser fotografiado por Jaime. Revisando las vigas metálicas encontré una placa que indicaba el fabricante de aquella estructura metálica: "Schneider y C. Creusot 1896". Desde la altura del puente llamé a Jaime para que me llevara la cámara fotográfica. Me retiré de la escructura para indicar a Jaime un sendero por el que podía llegar al terraplén de la vía férrea, y me di cuenta que había una mujer que gesticulaba enérgicamente frente a Jaime y éste le decía algo. Desde la distancia no se oía la conversación, pero se notaba que había molestia en aquella persona. Luego de eso, Jaime subió por otro lugar y me contó lo acontecido: la mujer estaba molesta por que estábamos pasando por "su propiedad", y Jaime, acertadamente, le había señalado que el lugar que ella estaba ocupando era una faja ferroviaria de propiedad fiscal, pero ella no oía razones... Finalmente llegó Washington, quien expresó que la mencionada señora había cambiado su actitud y que le había permitido acceder a la vía férrea a través de "su" propiedad. Nos fotografiamos en aquel lugar histórico y emprendimos nuevamente el viaje rumbo al pueblo de Quepe, ubicado a 1,5 kilómetros al Sur del río.

El tamaño de la estructura del puente se aprecia con lo diminuto que me veo sobre él
Vista hacia el Norte. Minutos antes pasó un tren de carga hacia el Sur

Entramos al pueblo a través de un paso sobre nivel que cruza la Ruta Cinco por el lado Sur de la localidad. Por una calle principal logramos acceder a la Estación Ferroviaria. Fotografié el lugar y el antiguo edificio (construido en el año 1897). Al no estar operativa la estación ferroviaria, el semáforo ya no tiene sus aspas; y el edificio ya no está habitado por personal ferroviario, si no por una familia que restauró la casa para hacerla habitable, pues había estado abandonada y expuesta a la destrucción y al uso impropio que la había convertido en un antro.

La característica forma de los edificios de las antiguas estaciones ferroviarias del Sur de Chile

Conversamos unos quince minutos con el fefe de la familia y su esposa, quienes, como pudimos darnos cuenta, son personas de gran esfuerzo y dedicación al cuidado del lugar que les acogió como su hogar. Nos despedimos afectuosamente de estas personas y comenzamos cerca de las 13:00 horas el regreso hacia Temuco. Cruzamos hacia la calle lateral a través de la pasarela peatonal en altura del acceso Norte de Quepe, y continuamos pedaleando hasta encontrar el camino ripiado al sector Mahuidanche, al Poniente de la carretera, en cuyo trayecto cruzó un lindo zorro delante de nosotros. Unos centenares de metros más allá nos detuvimos a comer una colación en una playa al borde del río Quepe y descansamos a la sombra de unos sauces ubicados en el lugar.

Los puentes sobre el río Quepe, desde el Poniente, camino a Mahuidanche

Por la ruta de Mahuidanche

Hora de colación... y de "reportarse" a la cónyuge

Jaime había llevado dos pequeños álbumes con fotografías de la época de nuestro servicio militar, las que revisamos y recordamos los nombres de los varios personajes que en ellas aparecían. Una media hora estuvimos allí, para luego retornar al camino que nos llevó al sector Maquewue-Pelales, siendo ya las 15:20 horas. Allí el río Quepe es cruzado por dos puentes: uno bastante nuevo, que soporta el tránsito de vehículos mayores, y uno en desuso del tipo "colgante", completamente hecho de madera. Más fotografías en el lugar, que tiene una vista espectacular al cajón del río, nos hizo detenernos unos veinte minutos allí.

Antiguo puente colgante, en el sector Maquewue-Pelales

Continuamos por el camino asfaltado que pasa cerca del Hospital Maquehue, que atiende a la gentes del sector, mayoritariamente de la etnia indígena mapuche, llegando al sector Maquehue a alrededor de las 16:30 horas. Desde allí fueron unos veinte minutos hasta el lugar que fue nuestro punto de partida a las diez de la mañana. En la despedida, nos dijimos "hasta la próxima salida", lo cual podría ser a un lugar más lejano, incluso con el transporte de nuestras bicicletas en un bus, para un acercamiento a algún destino espectacular de esta Región de La Araucanía.

Fueron siete horas de viaje, con variadas experiencias: desde las desagradables, como la de la señora que increpó a Jaime, pasando por la edificante conversación con la familia que ocupa el edificio de la ex Estación de Quepe, ahora el hogar de gente esforzada; y, finalmente, los paisajes espectaculares a sólo unos cuantos kilómetros de Temuco.

Más fotos se pueden ver aquí
Temuco a Quepe


Éste fue el trayecto recorrido, aproximadamente un total de 35 kilómetros


lunes, 20 de octubre de 2008

Estación Metrenco


Este post lo había publicado originalmente en mi otro blog,
Al-Usul, Al-Wusul, pero como el viaje hasta la localidad de Metrenco lo hice en mi bicicleta, decidí nuevamente publicarlo en éste, reduciendo la cantidad de fotografías sólo a las relativas a mi vehículo.
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En el viaje de ida y regreso a la localidad de Gorbea, pude observar desde la ventana del bus las estación de ferrocarriles de Quepe y los restos de la de Metrenco, y expresé en mi interior la intención de visitar aquellas estaciones ferroviarias que de un vistazo raudo pude ver desde la carretera. Principalmente me llamó la atención la estación de Metrenco, ya que en el cuaderno que perteneció a mi abuelo José Acuña en su primera época como empleado de la Empresa de Ferrocarriles del Estado dejó varias veces estampado, con timbre de goma y tinta, el nombre de aquella estación, lugar en que mi querido ancestro debió haber trabajado hacia mediados de la primera década del siglo veinte.

Ayer, sábado 20 de septiembre de 2008, después de tres días de celebraciones, con motivo de las Fiestas Patrias, decidí darle un respiro a mi estómago y hacer algo distinto. Cerca de mediodía decidí que no podía quedarme en casa, así es que preparé mi bicicleta, reparé mi casco de ciclista, arreglé mi mochila con mi cámara fotográfica, el trípode, mi cuaderno de notas, lápices, dos yoghurts, un gorro tipo jockey para el sol, y una botella adicional con dos litros de agua. A las 13:30 horas salí desde mi casa en Padre Las Casas, llegando a Metrenco dos horas después. Fue un tiempo exagerado para una distancia de sólo nueve kilómetros, porque extravié la ruta opcional, ya que no quería irme por la carretera debido a lo peligroso que es para un conductor de un vehículo menor. Tuve que preguntar a unos lugareños en el lugar Maquehue, quienes me dijeron que tenía que regresar unos cuatro kilómetros. Ya había recorrido un buen trecho por un camino ripiado y con el calor del día y el esfuerzo de varias subidas no me sentía nada de bien. Hacía meses que no sacaba mi bicicleta a rodar, y mi estado físico está deplorable. Me detuve a descansar; el corazón casi se me salía por la boca, veía el paisaje de color gris y sentía que me iba a desvanecer. Pensé que tendría que pedir ayuda a través de mi teléfoco celular, pero mi orgullo hacía poner en mi mente la burla de algunas personas, por lo cual me hice el valiente. Respiré profundamente y estuve en aquello hasta que media hora después estaba recuperado. Regresé los kilómetros que había andado de más y encontré al fin la ruta. Sabía que el camino alternativo estaba asfaltado, pero me encontré con la desagradable sorpresa de que había sido retirada toda la carpeta y en su lugar se había depositado una capa de ripio, que en muchos sectores estaba aún profundo y suelto. Recorrí con rabia unos cuatro kilómetros, con sucesivos descansos, hasta que llegué al empalme con una "calle lateral" paralela a la carretera, a poco más de unos tres kilómetros antes del acceso Norte a la localidad de Metrenco. Los músculos de mis piernas ya no tenían fuerzas para subir las "cuestas" asfaltadas, así es que varias veces me desmonté de mi vehículo y me ví en la obligación de descansar repetidamente. Después de rodar y rodar por aquellas dos largas horas, con las respectivas interrupciones para recuperarme, logré avisorar en la distancia el edificio de la que había sido la bodega de carga de la estación ferroviaria. Para cruzar al lado contrario de la carretera subí por una pasarela peatonal que me dejó a unos 300 metros del sitio al que quería llegar.


Metrenco es una palabra que deriva de "Mëtren-ko", que en la lengua mapudungun (hablada por los aborígenes de la etnia mapuche) significa agua reposada, sin corriente o estancada. Basta observar el pequeño estero que se encuentra en la entrada norte a la localidad, para darse cuenta del por qué del nombre otorgado a ese lugar.

Recorrí con emoción aquel abandonado lugar, en el que hace casi 100 años atrás mi abuelo realizó sus funciones como empleado de la Empresa de Ferrocarriles, y tomé imágenes fotográficas del antiguo edificio. Hasta logré acceder al interior del sector en el que estuvieron las oficinas adinistrativas, a través de un forado existente en la parte baja de una puerta, encontrando sólo destrucción y pillaje. Grabé algunos segundos con mi cámara fotográfica digital, para guardar imágenes de lo que en el futuro sólo serán recuerdos de un edificio que será desmantelado o incendiado por vándalos.


Dos horas allí me sirvieron para ayudar a despejar mi mente de los grises pensamientos que me acompañan estos últimos días. El día agradablemente soleado y la suave brisa del Sur me energizaron, por lo que siendo las 17:15 horas emprendí rumbo a mi hogar, al que regresé por la misma ruta. Notoriamente las fuerzas me estaban abandonando, por que la mayor cuesta de la calle lateral, cercana al lugar Licanco, tuve que subirla caminando, llegando a la cima completamente agotado y dando lugar a otro necesario descanso. A las 18:30 horas estaba llegando a mi casa, todo sudado y con una capa de polvo que levantaban los vehículos que pasaban por mi lado en el tramo de camino ahora ripiado, por el interior de la comunidad indígena de Licanco.

Desempacar la mochila, hidratarme y tomar un descanso fueron las actividades realizadas antes de darme una merecida ducha con agua tibia, luego de lo cual me sirvieron en mi cama una rica comida caliente.

Hoy desperté sin molestias físicas, por lo que ya estoy pensando en ir a la Estación de Quepe, a unos cinco kilómetros al sur de la de Metrenco, pero creo que será en una ocasión en la que pueda ir acompañado, para hacer más ameno el viaje y no tener que morderme en la soledad las rabias de aquel camino que alguna vez estuvo asfaltado, y que la "modernidad" lo ha transformado en uno de ripio suelto...





lunes, 13 de octubre de 2008

Lolol Mahuida Bajo

Luego de una buena cantidad de años, y mediante el Facebook, logré encontrar a un ex compañero del Servicio Militar, con quien coincidimos en los gustos de disfrutar de la pesca, salir en bicicleta a encontrarse con la naturaleza y de fotografiarla.

Fue así como después de unos cuantos emails y unas pocas llamadas telefónicas decidimos encontrarnos en una salida a "carretear" en nuestras 'bicis'. El día y hora acordados fue el sábado 11 de octubre, a las 10:30 horas, programando el encuentro en el cruce a la ex Base Aérea de Maquehue, ubicada en la comuna de Padre Las Casas, ciudad de Temuco. Me presenté en el lugar, pero pasaban los minutos y mi amigo no aparecía. Yo miraba hacia el puente carretero que conecta a Padre Las Casas con la comuna de Temuco, sobre el río Cautín. En eso estaba cuando suena mi celular: "Hola". 'Hola, Jaime'. "¿Dónde estás?". 'Esperándote en el cruce de la Base Aérea Maquehue'. "Yo estoy en el cruce a Maquehue". 'Regresa hacia el puente. Ahí me vas a ver'. Luego de unos minutos apareció en la distancia la figura de Jaime. Luego de sacarnos los cascos, darnos unos protocolares y afectuosos apretones de manos, un abrazo y la correspondiente conversación de saludo, nos dirigimos pedaleando por algunas calles rumbo al camino que nace en Padre las Casas y enruta hacia las localidades precordilleranas de Cunco y Melipeuco. La conversación amena hizo que los ocho kilómetros que anduvimos, hasta el lugar Roble Huacho-Pitralahue, pasaran inadvertidos. Desde allí nos desviamos a la izquierda, saliendo del asfalto y de la "civilización", continuando por un camino que nos condujo hasta un pequeño puente de madera que cruza un estero, que corría un poco turbio por la última lluvia caída en la noche anterior. Allí nos detuvimos unos cortos momentos y proseguimos por un camino, que por su estado se nota poco frecuentado por vehículos motorizados. Continuamos ascendiendo por el camino, que se hizo cada vez más pronunciado, por lo que yo tuve que desmontarme y empujar la bicicleta. Mi amigo Jaime, con mejor estado físico, subió toda la cuesta montado en su bici (bueno, tiene dos años menos que yo). En la parte alta, y finalizado casi el camino, descansamos y observamos el cerro que continuaba su ascenso hacia el cielo. Decidimos subirlo por una huella dejada por el arrastre de troncos de árboles que lugareños bajan para convertirlos en leña para sus hogares.

Nuestras bicicletas dejaron de ser nuestros vehículos y pasaron a ser una compañera a la que había que empujar hacia arriba. El ascenso fue dificultoso en algunos tramos, debido a lo gredoso de la composición del terreno y la lluvia caída horas antes, que hacía resbaloso el piso. Descansamos y nos fotografiamos; luego proseguimos el largo ascenso. Yo, literalmente, casi me "pisaba" la lengua del cansancio, pero logré llegar al lugar en que mi amigo estaba descansando bajo la cobertura de una plantación de pinos adultos. Había comenzado a caer un fino chubasco. Como observamos que la subida era más empinada, dejamos ocultas nuestras bicicletas junto con nuestros cascos. Jaime las dejó atadas con una cadena, lo que significó que las conserváramos...
Ascendimos hasta la cumbre de aquel cerro, lugar en que nuevamente nos fotografiamos.

Comenzamos a reconocer el terreno y nos internamos en un bosque mixto, de vegetación autóctona y plantaciones de pino. Jaime sacaba fotos a los árboles, a las plantas y a las flores silvestres.

Como a las 16:30 horas comenzamos a regresar. Saliendo del bosque vimos a unos perros, por lo que nos detuvimos y nos quedamos quietos. Esperamos hasta que los perros desaparecieron, cuando nos dimos cuenta que los canes no andaban solos, si no que con un joven mapuche con una pequeña barba negra al estilo "chivo" y que andaba en una bicicleta montañesa. Desde la distancia le hablamos, nos miró (no se había dado cuenta que estábamos en el lugar) y no nos respondió. Él, acto seguido, montó rápidamente su bicicleta y bajó a una velocidad vertiginosa una pronunciada pendiente, seguido por su perros. La velocidad con que desapareció rumbo abajo y entre los matorrales nos causó extrañeza. Al rato después, cuando llegamos al lugar en donde había dejados "ocultos" nuestros vehículos de dos ruedas, mi amigo Jaime dice "¡No está mi casco!", y yo expreso "El mío tampoco", y Jaime replica "También falta tu botella de agua"... Dedujimos que en la dura ascensión habíamos estado siendo observados desde algún punto desconocido, y que, una vez que dejamos las bicicletas, ese joven autóctono fue a "hacerse la América", pero como las bicicletas estaban encadenadas no se las pudo llevar, así es que tomó lo que pudo. El daño pudo haber sido peor: habernos sacado los asientos o las ruedas delanteras, de fácil desmontaje. Emprendimos la bajada un poco cabisbajos, pero con la sensación de que el mal fue menor. A media falda del cerro nos encontramos con un lugareño de la etnia mapuche con quien entablamos una entretenida conversación. Él fue quien nos dijo que el lugar en que estábamos se llamaba Lolol Mahuida (o lolol mawida, algo así como montaña o selva agujereada, en mapudungun). Aprovechamos de interrogarlo, describiendo al joven que nos hizo la "gracia", pero dijo no conocerlo. Nos despedimos de él y continuamos nuestro descenso. Más abajo encontramos a otro lugareño con razgos mapuches a quien también interrogamos, pero nerviosamente dijo no haber visto a ese joven. Continuamos bajando, llegando al comienzo de la senda que habíamos tomado horas antes. Allí tuvimos un encuentro con un adolescente mapuche, que nos dijo llamarse Felipe. Montaba en una bicicleta montañesa, vehículo ya muy común y que ya desplazó el uso de caballos para movilizarse en las zonas rurales. Le contamos de nuestra pérdida y le describimos al sujeto que nos había hurtado las especies, pero dijo no conocerlo. Nos despedimos de él y le dije:"Si te regalan un casco de ciclista, ojalá te quede bueno"... Desde allí montamos en nuestras 'bicis' y emprendimos una rápida bajada por el camino ripiado, logrando llegar prontamente al cruce con el camino de Padre Las Casas a Cunco. Como aún no era demasiado tarde, decidimos continuar nuestro pedaleo unos dos kilómetros más, hacia el cruce con el camino que lleva al "Puente Momberg" sobre el río Quepe.

Llegamos a dicho puente, bajamos a la playa, yo comienzo a preparar mi caña de pescar telescópica, cuando se puso a llover. El aguacero duró una hora, hasta las 18:15 horas. Apenas se detuvo la lluvia tomamos nuetras bicicletas y regresamos rápidamente, llegando a las 19:15 horas hasta el lugar en que nos separamos, cada uno para su destino particular.

Fue una grata experiencia salir con Jaime, pese al "percance", pero, aunque desagradable, nos proporcionó experiencia para una próxima salida, la que acordamos tener a principios del mes de noviembre próximo.